La península de Snæfellsness

La península de Snæfellsness está situada al oeste del país y se dice que es como Islandia en miniatura: cráteres, volcanes, cataratas, precipicios al borde del mar, playas negras, iglesias… Incluso presume de tener la puerta de entrada al centro de la Tierra (según Julio Verne). También se cree que desde aquí partió Erik el Rojo hace más de mil años en busca de nuevas tierras, lo que ahora conocemos como Terranova.

Hay dos carreteras para recorrer la península, dependiendo de si prefieres empezar por el norte o por el sur. El tiempo aquí es tan cambiante que conviene echar un ojo a la web road.is porque la niebla, la nieve o el viento puede bloquear alguna de sus carreteras en cuestión de minutos, de hecho, es lo habitual en invierno.

Yo comencé el recorrido desde el sur, por la 54. La primera parada que puedes hacer es Gerðuberg Cliffs, que son varias formaciones de columnas de basalto, pero si ya has estado en la playa de Reynisfara no perdería el tiempo porque son bastante más pequeñas. Un poco más adelante te encontrarás una gasolinera N1 que está junto a la oficina de turismo, donde puedes para si tienes que ir al aseo (antes eran gratis y ahora hay que pagar 1 euro aprox), ver una tienda de souvenirs y consultar el estado de las carreteras. Eso sí, vigila las puertas del coche al salir porque suele pegar bien el viento (y el seguro del coche no cubre los daños por el viento).

Ölkelduvatn Mineral Spring es una curiosidad de esas que hacen de Islandia un lugar único. Se trata de un grifo en medio de una granja que dispensa agua mineral carbonatada, lo que conocemos comúnmente como agua con gas. Hay un cartel que anuncia que los dueños de la granja aceptan donativos. Yo creo que dentro que poco pondrán un datáfono porque los turistas no llevamos coronas sueltas encima.

Buðahraun es una basta zona de formaciones de rocas de lava cubiertas de musgo (o nieve) que verás a ambos lados de la carretera en tu camino a la preciosa iglesia negra Búðakirkja, una de mis favoritas de Islandia, toda de color negro que contrasta con las ventanas blancas. Para llegar a ella, tan sólo tienes que tomar el desvío indicado con su nombre. Está situada cerca del mar y a tu espalda verás las montañas cortadas desde las que caen varias cataratas de gran altura, como la de Bjarnarfoss, que en los días que pega fuerte el viento, muy habitual en Islandia, verás el peculiar efecto del agua al subir en vez de caer.

Un poco más adelante se encuentra Rauðfeldsgjá, una gran fisura en la pared de una montaña que da acceso a una gruta muy estrecha, por la que discurre un pequeño riachuelo.

Siguiendo la carretera encontrarás una zona repleta de espectaculares acantilados y formaciones rocosas, Hellnar y Lóndrangar, y el Faro de Malarrif, donde rompen con fuerza las olas. Muy cerca está la «entrada al centro de la Tierra», Vatnshellir Cave, que ofrece visitas cada dos horas por el módico precio de 35 euros. Es básicamente una formación de túneles y cuevas subterráneas creadas por la erupción del volcán cercano hace 2 mil años aproximadamente en la que apreciar las formaciones y paredes de lava. No llegué a entrar por falta de tiempo pero las valoraciones que leí eran bastante positivas.

Y no haber una representación de Islandia sin un glaciar que cubra un volcán, el Snæfellsjökull, situado en el centro oeste de la península de Snæfellsness. Ofrecen caminatas guiadas en los meses de verano.

En la punta más al oeste se encuentra la playa de arena dorada Skarđsvik, el faro Öndverđarnes, el cráter Saxholl y la catarata Svöđufoss, a los que se puede llegar en 4×4.

Continuando ya por el norte, es visita obligada la famosa montaña Kirkjufell, el icono del país, junto a la pequeña catarata Kirkjufellsfoss. El parking lo han puesto ahora de pago, como casi todos. Una vez aparcas, tan sólo tienes que caminar unos minutos y llegarás al lugar desde donde tomar la foto más simbólica de Islandia. Te recomiendo continuar por el camino señalado hasta abajo del todo para tener una panorámica muy bella y completa de la cascada, porque tiene otro salto que mucha gente no llega a ver. En invierno se congela y ¡es preciosa!

Unos 15 minutos hacia el este se encuentra la cascada Selvallafoss. Me dejó cautivada porque el agua estaba completamente congelada. Varias personas se arriesgaron a bajar y ver la cueva que hay debajo, pero sólo lo recomiendo si llevas crampones.

Y ya en tu camino de vuelta hacia la A1 podrás seguir disfrutando de paisajes alucinantes. En verano todo muy verde y en invierno todo cubierto de nieve. Yo he tenido la fortuna de contemplar ambos escenarios, en septiembre y a finales de marzo, en el que la zona sur apenas tiene hay nieve pero los ríos están congelados, mientras que en la cara norte, se mezcla la nieve y la lava negra haciendo parecer que se han desperdigado galletas oreo por doquier. En verano, el paisaje está salpicado de ovejas. En invierno, tan sólo se ven algunos caballos que resisten a los vientos gélidos que soplan en esta parte de la isla.

Deja un comentario